6 dic. 2007

¡¡por unos nuevos 300!!

Cuando el niño nació como todo espartano fue examinado, si hubiese nacido pequeño o raquítico, enfermizo o deforme habría sido descartado.

En cuanto pudo mantenerse en pie fue bautizado en el noble arte del combate. Le enseñaron a no retirarse jamás, a no rendirse jamás, a que morir en el campo de batalla al servicio de Esparta era la mayor gloria que quería alcanzar en vida.

A los 7 años como era costumbre en Esparta, el niño fue apartado de su madre y sumergido en un mundo de violencia, un mundo respaldado durante 300 años por una sociedad de guerreros espartanos que forjaba los mejores soldados que jamás hayan existido: la agogé; obligaba al niño a luchar, a pasar hambre, le obligaba a robar y si era necesario a matar.

Castigado a golpes de vara y látigo le enseñaron a no mostrar dolor ni piedad. Le ponían a prueba continuamente, le abandonaban a su suerte. Dejaban que midiera su ingenio y determinación con la furia de la naturaleza: esa era su iniciación, lejos de la civilización.

Y volvería junto a su pueblo como espartano o no regresaría.



El lobo empieza a girar alrededor del chico, las zarpas implacables como el acero, el pelo negro como el azabache, los ojos ensangrentados, dos rubís en la mismísima boca del infierno. El gigantesco lobo olfatea, saboreando el olor del inminente bocado.
No le sobrecoge el temor simplemente es mas consciente de todo cuanto le rodea. El aire frío en sus pulmones. Los pinos que mecidos por el viento se estrellan contra la apremiante noche. Su pulso es firme. Su forma física, perfecta.

Y así es como el niño al que habían dado por muerto regresa con su pueblo a la sagrada
Esparta como rey, nuestro rey: Leónidas.

30 años nos separan de aquel lobo y aquel frío invernal. Y ahora igual que entonces una
bestia se aproxima, impaciente y confiada saboreando el inminente bocado. Pero ahora
esta bestia son hombres y caballos, lanzas y espadas. Un ejército de esclavos, el mayor
que pueda imaginarse, dispuesto a aplastar a la minúscula Grecia a erradicar del mundo
toda esperanza de razón y justicia. La bestia se aproxima y ha sido el propio rey
Leónidas quien la ha provocado.





El miedo siempre esta presente pero aceptarlo te hace mas fuerte. Al final la verdadera
fuerza de un espartano reside en el guerrero junto a quien combate. Así que respétale y
hónrale y eso mismo recibirás a cambio.
Primero se lucha con la cabeza y luego con el corazón.


Solo los recios y los fuertes son dignos de llamarse espartanos. Solo los recios, solo los fuertes.

A partir del minuto 3:25 comenta el desarrollo de la batalla de las Termópilas.

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